Han pasado muchas noches y momentos poéticos desde que la idea de entrevistar poetas se cruzó por mi mente. Quizás fue la necesidad de sentirme acompañada en un viaje totalmente nuevo y muy diferente a lo que estaba acostumbrada. Quería entender por qué las personas escriben poesía y si sus móviles eran similares o muy distintos a los míos.
Y hoy estamos aquí, celebrando no solo el hecho de que he conversado en vivo y en directo con decenas de poetas, sino también celebrando nuevas voces que se lanzan a la locura de la confesión: “soy un amante de la poesía”, usando como puente nuestra primera antología, a la que titulamos Yo, Poesía.
Sí, lo sabemos: Yo, Poesía suena atrevido. Y lo es. Es una osadía decir “yo” y “poesía” en la misma frase. Pero también es un acto de resignificación. Porque ser poeta no es firmar versos; es ser poesía en movimiento. Y así como hay poemas sin alma, también hay almas que son poema.
Si entendiste este juego de palabras que salen de un corazón loco y poeta, quédate con nosotros y con nuestra antología. Quizás también te decidas a desempolvar esos poemas engavetados para declarar públicamente:
Soy amante de la poesía.
Te compartimos el prólogo de nuestro primer libro para que pruebes un poco del viaje poético que habita en sus páginas:
Prólogo
Este libro es un amanecer.
Cada página, un latido que empieza.
Hay libros que funcionan como espejo. Otros como ventana.
Este intenta ser ambas cosas. Porque aquí se encuentran siete voces distintas, con historias diferentes, pero unidas por algo muy simple y muy humano: la necesidad de convertir el dolor en belleza, la memoria en refugio y la palabra en una forma de resistir.
En estos poemas la poesía no se posa; se mueve. A veces es confesión, a veces es grito. Es herida que todavía duele, pero que decide aprender a sanar sin dejar de celebrar la vida. La fragilidad aquí no es derrota; es tránsito. Es ese momento en que alguien se dice a sí mismo: “Soy mi propia raíz”, y lo cree.
También hay versos que arden como plegaria. Poemas escritos desde la rodilla en el suelo, desde la humildad de quien entiende que el amor —incluso el amor propio— no siempre llega fácil. En esas páginas, el sufrimiento no se esconde: se transforma. Y lo que fue lágrima termina siendo bautismo.
En otros textos, la memoria se vuelve territorio compartido. Lo íntimo conversa con lo colectivo. La familia aparece como sostén, pero también como ausencia. Y hay una voz que no quiere callar frente al dolor del mundo, que nombra lo que incomoda y rescata lo cotidiano como si fuera un acto de resistencia silenciosa.
También están los poemas que no gritan. Los que se quedan en el borde del silencio. Los que miran la nostalgia sin dramatismo y la contemplan como quien observa un paisaje en otoño. Allí, el pasado no es solo pérdida. Es algo que sigue respirando, aunque ya no esté.
Juntos, estos poetas dibujan un mapa emocional que va de lo personal a lo universal, del cuerpo a la sociedad, de la noche interna a una pequeña —pero real— esperanza. Nos recuerdan que las cicatrices no son marcas de fracaso, sino señales de que algo fue vivido.
Este libro no pretende dar respuestas. Nos invita, en cambio, a entrar en el diálogo íntimo de quienes han amado, sufrido, caído y vuelto a nacer. A leernos en sus palabras. A reconocernos en sus raíces. Porque, al final, la poesía siempre es eso: el lugar donde lo que nos rompe termina por sostenernos.
Gracias por estar aquí desde el principio o por llegar justo ahora.
La poesía siempre sabe a quién llamar.
